Mariana: cuando el cuerpo dice “basta” aunque todo parezca estar bien
- Maria Brunereau

- Feb 21
- 3 min read

El siguiente caso está basado en situaciones reales de personas que acompaño. Algunos datos han sido modificados por confidencialidad, pero el proceso y el dolor que describe son muy habituales en mi consulta.
Quién es Mariana
Mariana tiene 42 años, es gerente en una empresa de servicios en Querétaro y lidera un equipo de 12 personas. Desde fuera, su vida parece “en orden”: buen sueldo, estabilidad, reconocimiento profesional. Pero por dentro, hace tiempo que algo no se siente bien.
Lleva meses durmiendo mal, amanece cansada, vive con una presión constante en el pecho y en la mandíbula. Siente que siempre está “respondiendo algo”: correos, mensajes, demandas del equipo, pendientes de casa. Cuando llega la noche, su cuerpo está agotado, pero su mente no se apaga.
El dolor detrás de la apariencia
Cuando Mariana llega a mi estudio, trae un discurso muy parecido al de muchas mujeres y profesionales que acompaño:
“No me pasa nada grave, pero ya no disfruto nada”.
“Estoy cansada de estar siempre fuerte, siempre resolviendo”.
“Siento que si aflojo, todo se cae”.
Tiene miedo de “colapsar” en algún momento, pero también miedo de parar. Ha leído sobre estrés, escucha podcasts de bienestar, incluso ha ido a terapia en otros momentos de su vida. Aun así, siente que hay algo que no termina de acomodarse: su cuerpo sigue tenso, sus emociones a medias, su mente saturada.
El dolor de Mariana no es solo el estrés del trabajo. Es la sensación de estar desconectada de sí misma.
Lo que trabajamos juntas
Cuando comenzamos el proceso, le propongo algo muy simple y muy difícil a la vez: parar y escuchar el cuerpo. No desde la cabeza, no para analizar, sino para sentir.
Diseñamos un acompañamiento a su medida que combina:
Sesiones de terapia sonora con cuencos del Himalaya, para ayudar a su sistema nervioso a bajar revoluciones y recordar lo que es un estado de calma profunda.
Momentos de silencio guiado, para que pueda notar qué emociones aparecen cuando por fin deja de hacer.
Ejercicios suaves de respiración y conciencia corporal, para que vuelva a habitar su propio cuerpo, no solo su lista de pendientes.
Y, poco a poco, espacios de conversación donde pueda poner en palabras lo que está sosteniendo sola desde hace tanto.
No se trata de decirle “relájate” ni de darle frases bonitas. Se trata de ofrecerle una experiencia diferente: un lugar donde no tiene que demostrar nada, donde puede bajar la guardia y donde su cuerpo tiene permiso de soltar.
Qué empezó a cambiar
Después de las primeras sesiones, Mariana me dice algo que escucho mucho:
“No sé exactamente qué pasó, pero dormí profundo por primera vez en meses.”
Con el tiempo, empieza a notar otros cambios:
Ya no despierta con la mandíbula tan apretada.
Puede decir que no a ciertas cosas sin tanta culpa.
Se sorprende llorando en una sesión y, en lugar de asustarse, siente alivio.
Empieza a cuestionar algunas exigencias que nunca se había permitido mirar.
El estrés de su trabajo no desaparece por arte de magia. Pero su forma de estar en ese estrés cambia. Ya no es solo una cabeza corriendo detrás de todo; es una persona más completa, con un cuerpo que siente, que avisa y que también merece cuidado.
El mensaje para ti (si te ves en Mariana)
Tal vez al leer esto piensas: “Soy yo. Falta solo mi nombre”.
Si te reconoces en Mariana —si estás cansada, en piloto automático, sosteniendo mucho más de lo que compartes— quiero que sepas algo importante:
No estás rota.
No eres débil por necesitar pausa, sostén o descanso.
No tienes que llegar al colapso para empezar a escucharte.
Mi trabajo es acompañarte justo ahí: en ese punto donde sabes que algo tiene que cambiar, pero no sabes por dónde empezar.
A través del sonido, el cuerpo, el silencio y la palabra, ofrezco un espacio donde puedas:
Bajar el volumen del ruido interno.
Volver a sentir tu cuerpo como un aliado, no como un enemigo.
Tomar decisiones desde más claridad y menos culpa.
Si al leer la historia de Mariana sentiste “esto me está pasando a mí”, quizá este acompañamiento también es para ti.
Puedes escribirme para agendar una sesión o simplemente para preguntarme si este proceso se adapta a tu momento actual. A veces, el primer paso es tan sencillo (y tan valiente) como reconocer: “Necesito que alguien me acompañe un rato”.
.png)




Comments