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Mis trazos, mi voz


Cuando el arte se volvió mi manera de respirar

El arte nunca ha estado separado de mí. Desde niña fue mi refugio, mi modo de respirar. En cada creación, por pequeña que pareciera, encontraba una forma de estar en el mundo que me hacía sentido, incluso cuando nada más lo hacía. Había algo en el olor de la pintura, en el gesto de la mano sobre el papel o el lienzo, que ordenaba por dentro lo que afuera parecía caótico.

Con el tiempo entendí que no solo estaba “haciendo dibujos”: estaba construyendo un lenguaje propio.

El lugar donde mis emociones podían existir

Hubo etapas de mi vida donde las palabras no alcanzaban. Hablar era difícil, explicar lo que sentía era casi imposible. El arte se convirtió en ese espacio donde la dualidad podía existir sin juicio: la calma y la tormenta, la luz y la sombra, la fuerza y la fragilidad.

En cada trazo encontraba algo de paz. No una paz ingenua, sino una calma que nace de poder mirar lo que duele, lo que pesa, lo que confunde, sin tener que esconderlo. Crear fue, y sigue siendo, mi manera de liberarme y de darle un cauce a aquello que, si se queda adentro, se estanca.

Más allá de lo visible

Con los años descubrí que, al crear, no solo expresaba “lo que me pasaba”, sino que entraba en contacto con algo más grande que mis pensamientos del día a día. En ese espacio, mis emociones, mis ideas y mi alma parecían entrelazarse con algo que no se ve, pero se siente:

  • El instante en que los colores encajan y algo “hace clic” adentro.

  • El silencio profundo que aparece después de terminar una obra.

  • Esa sensación de haber dicho una verdad muy íntima sin pronunciar una sola palabra.

Allí comprendí que el arte no era un pasatiempo: era una puerta. Una puerta hacia mí misma y hacia ese territorio donde lo humano y lo trascendente se tocan.

Del refugio personal a acompañar a otros

Durante muchos años el arte fue, sobre todo, un camino personal: mi refugio, mi laboratorio, mi espejo. Pero al compartir mis obras y, más tarde, mis terapias sonoras, empecé a ver algo que se repetía: las personas reconocían en mis pinturas y en las sesiones algo de su propia historia.

Alguien veía un mural y decía: “Esto es justo lo que sentimos en este equipo”. Alguien se recostaba a escuchar los cuencos y comentaba: “No sé qué pasó, pero por fin pude llorar”, o “por primera vez en mucho tiempo sentí mi cuerpo en calma”.

Ahí confirmé lo que ya intuía desde niña: el arte y el sonido no son solo míos. Son lenguajes universales que, bien acompañados, pueden abrir espacios de recuperación, claridad y sentido para quien los necesita.

Por qué te cuento esto aquí

Te comparto esta parte tan personal de mi historia porque es la raíz de todo lo que hoy ofrezco: arte corporativo, experiencias de arte terapéutico y terapia sonora para personas y organizaciones. No nacen de una moda ni de una idea abstracta, sino de una vida entera usando la creatividad como forma de atravesar el miedo, el dolor, la duda y también la alegría.

Si estás en un momento de cambio, de cansancio o simplemente de búsqueda, quizá el arte y el sonido puedan ser también para ti una manera de “respirar distinto”, de mirar tu vida desde otro ángulo y de reconectar con algo que, tal vez, hace tiempo que no escuchas: tu propia voz interna.


Obra: EL OTRO, mixta s/tela, 60x60 cm, 2022



 
 
 

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